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Monkee Movie

la red social de cine y series

24 destellos por segundo.

¿Por qué hablamos de cine? Por Enric Cantín, responsable de Monkee Movie
No recuerdo exactamente dónde. Por entonces yo tendría diez años. Mi padre me acomodó en una butaca junto a él en una sala con cientos de butacas más y presidida por una pantalla en la pared, blanca y gigantesca. La lona inmensa y pálida tenía un magnetismo misterioso. Me quedé pasmado mirándola y de repente las luces de aquella sala se desvanecieron sin aviso y casi como presintiendo la emoción, sentí un punzante pellizco en el estómago. Súbitamente el inmenso rectángulo cobró vida. Y estalló una fanfarria majestuosa. El preludio de algo, sin duda, extraordinario. Unas letras se deslizaban en una profunda perspectiva por un escenario espacial. El tema principal de Star Wars sonó atronador y quedé conmocionado por ese impacto audiovisual aturdidor y magnífico. Muchos años más tarde, en el 2005 el American Film Institute reconoció a esa banda sonora como la música cinematográfica más memorable de todos los tiempos. Pero yo sólo recuerdo que me enamoré hasta los tuétanos del alma, de aquella manera de explicar y ver historias.
Eso era el cine. Y este mi primer recuerdo cinematográfico.
 Eso era el cine. Y este mi primer recuerdo cinematográfico.

Así que de la mano del maestro Yoda, aprendí todo lo que pude sobre el poder de la Fuerza y que el miedo es el camino hacia el Lado Oscuro. -El Miedo lleva a la Ira, -me dijo mascullando –la Ira lleva al odio, el odio lleva al sufrimiento. Y pensando todavía en eso me encontré sudando la gota gorda con el profesor Henry Jonesmientras corríamos delante de esa gigantesca bola de piedra. Una mortal trampa accionada por meter las narices arqueológicas donde no debíamos.

Huyendo de esa trampa cabalgué furioso contra las legiones de Marcus Licinius Crassus, y en nuestra derrota y captura, grité con orgullo junto a Antonino “¡Yo soy Espartaco!” sabiendo que, también en nuestro abatimiento, vencimos.
Ya con Elliot escapamos frenéticamente de los agentes federales únicamente montados en nuestras bicicletas. Y cuando en nuestra huida, el ser de otro mundo nos elevó súbitamente por los aires, mi figura quedó recortada para siempre en esa preciosa luna de algún lugar californiano. Y Steven Spielberg, con esa imagen, se hizo un logo para su productora: Amblin.
Retrocedí contrariado a la Judea del año 30, e intenté convencer al tribuno Messala para que se reconciliase con su amigo Judá Ben-Hur. Fue inútil y al final nos partimos el alma todos en una carrera de cuádrigas con los caballos de Sheik Ilderim. ¡Qué tiempos! 
Un día, sentado tímidamente  detrás de Tom Hagen, se me erizó hasta el último pelo del cogote cuando oí decir “Bonasera…, Bonasera… ¿Qué he hecho para que me trates con tan poco respeto?” Parecía un lamento. Pero era una amenaza terrible empapada de peligrosa advertencia. Después de ese tal Bonasera, salí de la penumbra y al marcharme besé la mano izquierda del hombre poderoso con voz afónica. Y me despedí con un respetuoso y cortés “Gracie, Padrino”. 
Canté y bailé bajo la lluvia con Don Lockwood. Él pletórico y enamorado hasta los tuétanos de Kathy Selden, y yo de los estudios Metro-Goldwyn-Mayer y sus musicales para siempre.
En 1787 navegué en la Bounty rumbo a Tahití bajo la disciplina despótica del capitán Bligh.Y con el segundo oficial Fletcher Christian, nos amotinamos espalda contra espalda en la nave de su Graciosa Majestad contraponiendo la disciplina vacía de humanidad, al honor, la compasión y la amistad. Hasta el último momento.
Ya en los campos de Stirling derrotamos a las tropas de Eduardo I de Inglaterra,”Longshanks“. Mi espada cortó el aire junto a la de Stephen el Loco, y sangrando con William Wallace, por Escocia y por la libertad, fuimos llamados poetas guerreros.

A mediados del 1900 me vi sitiado, sin comerlo ni beberlo, en la embajada británica ante el levantamiento de los Boxers en Pekín. El Mayor Matt Lewis coordinaba las tropas estadounidenses conjuntamente con el resto de contingente aliado, Sir Arthur Robinson, embajador británico, fue un ejemplo de caballerosidad, valor e inteligencia. Me enamoré irremediablemente de la aristocrática y bellísima baronesa Natalie Ivanoff. Y entre muros, luchas, barricadas y penurias, aguantamos 55 días.
Jamás me he emocionado más tomando unas pintas, fumando en pipa y discutiendo con mentes tan lúcidas como Charles Williams, Owen Barfield, J.R.R.Tolkieno C.S. Lewis. Con él descubrí que el cristianismo no es una ecuación intelectual. Y entre paseos por Oxford y las cotidianas tierras de penumbra, hablamos sobre su convencimiento a propósito de que “el dolor es el megáfono que Dios utiliza para despertar un mundo de sordos.”

Fui testigo de cómo una princesa encorsetada por las formas y escapándose por las calles de Roma puede toparse con un amor inesperado e inconvenientemente reportero. Y mientras ese periodista, Joe Bradley le señalaba a la princesa la belleza de la ciudad eterna montados en una Vespa, yo les perseguía haciéndoles fotos. Y una de ellas la guardo como postal. Y sigo pensando que no ha existido princesa más elegante, delicada y bella.
En el cementerio de Colleville-sur-Mer en Normandía, Francia, me inqué de rodillas ante un bosque de cruces blancas. Y lloré como un niño recordando como muchos años antes tomábamos Omaha Beach en esas mismas costas. Y como el capitán John H. Miller, en la defensa de un crucial puente, me balbuceó herido de muerte “Hágase digno Ryan, hágase digno de todo cuanto se ha hecho por usted hoy. Merézcalo”.
En una noche lluviosa y a la salida de la Royal Opera House del Covent Garden de Londres, descubrí junto al profesor de fonética Henry Higgins, y de nuestro común amigo el coronel Pickering como por una tozuda apuesta, una simple florista se puede transformar en una dama elegante bellísima y refinada. Y esa florista-princesa se convirtió para siempre en mi icono más íntimo y personal de la belleza más sublime. Y los días de sol todavía canto On The Street Where You Live
Y no hace demasiado, todavía sentado en una butaca del cine Capitol de Madrid, se me desencajaba la mandíbula y los sentidos ante la audacia de Dom Cobb, sumergiéndose en los intrincados laberintos del sueño humano, mientras el aplastante genio e inteligencia de Cristopher Nolan y la atronadora y estremecedora música de Hans Zimmer me levantaba conmocionado de la butaca, como muchos años antes lo hicieron por primera vez George Lucas y John Williams.
El cine ha transcurrido en nuestras vidas como una expresión de arte contundente, y en mi persona, sin duda determinante. Al leer una frase del cineasta Ingmar Bergman se ordena lo intuido: “Ningún arte transciende nuestra consciencia de la forma en que lo hace el cine, dirigiéndose directamente hasta nuestros sentimientos, adentrándose en las oscuras habitaciones de nuestras almas”
Devolver al cine algo de lo que te dió es contemplarlo con ternura y afecto. Sentarte en la butaca, o el sofá. Y quererlo.
Devolver al cine algo de lo que te dió es contemplarlo con ternura y afecto. Sentarte en la butaca, o el sofá. Y quererlo.

Un hombre sabio y santo al que admiro profundamente escribió “El encuentro con la belleza, decía Platón, es como esa saludable sacudida emocional que arranca de sí al hombre y lo «arrebata». El hombre, ha perdido la perfección original que fue pensada para él, y ahora está per­manentemente buscando la primitiva forma sanadora. La nostalgia y el deseo vehemente lo impulsan a perseverar en esta búsqueda, y la belleza lo arranca de la tranquilidad de la vida cotidiana, puesto que le hace sufrir.(…)  la flecha de la nostalgia atraviesa al hombre, lo hiere y de esta manera le da alas, lo exalta y eleva.”

El cine sigue siendo  una de las formas más sublimes y emotivas de sacudir al hombre en esa vital búsqueda de lo bello. Y en ese espacio creado para paladear el cine en todos sus sabores, olores y formas, podremos huir de lo tranquilo y común, o de la angustia y la pena para compartir el anhelo de lo buscado y sufrido en nuestras personales butacas. Porque en el cine, cuando se apagan las luces, el corazón del hombre se ilumina con ansia y a 24 destellos por segundo. Y como lo realmente bueno tiende a transmitirse, a nadie debería extrañarle si constantemente hablamos de eso. De cine. 

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